| Uno de los edificios de mi residencia, la Skjoldhojklollegiet. |
La semana pasada comenzó la segunda parte de mi periplo erasmus de este curso. Después de llegar al aeropuerto de Copenhague y montarme tres horas en un tren, acabé en la segunda ciudad más grande de Dinamarca: Aarhus. Allí me estaban esperando dos estudiantes daneses que, muy majos ellos, se están encargando de ayudarnos a los estudiantes extranjeros a asentarnos lo mejor y más rápidamente posible en la residencia y en la ciudad. En apenas un día, me llevaron a mi apartamento, a registrarme a la oficina municpal y hasta pasé una mañana entera con ellos en IKEA. +1 para los chicos daneses.
Por el momento, sólo he podido pasear en profundidad un día por el centro de la ciudad. De ella destaca que hay muchísimas tiendas, amplias avenidas y calles peatonales y que no es tan ancestral como Utrecht, aunque sí que tiene la típica catedral antigua visible desde casi cualquier punto de la ciudad.
Lo más complicado por ahora, no ha sido acostumbrarme a la ciudad, sino al sitio en el que llevo viviendo ocho días y en el que me quedan cinco meses por delante. Es una de las dos residencias más grandes de todo Dinamarca, pero está situada a media hora en autobús de la ciudad. De hecho, no está ni en Aarhus, sino en una localidad pegada llamada Brabrand, con lo que hacer una simple actividad como es pasear por el centro no es algo que puedas decidir en el momento, sino que todo lo debes planear con antelación. Alrededor de la residencia no hay prácticamente nada. Bueno sí, 4 ó 5 supermercados y un bar, con lo que hambre y sed no pasaré, pero lo que es una calle comercial o un sitio donde sentirte cerca de la civilización, nada de nada.
Todo esto se compensaría si en la residencia, en la que hay más de 800 habitaciones, la gente saliese de sus madrigueras y se dejase ver por la calle. El enigma que sigo sin resolver es saber dónde narices se meten las personas en este sitio, si además la que te cruzas en pocas ocasiones ni te saluda. ¿Dónde está la gente amable y simpática en este país? Lo cierto es que he llegado a mitad de un mes en el que mucha gente se irá ahora al acabar el primer semestre y mucha también vendrá en las próximas semanas para el segundo. Quizás esto tarde en carburar y arrancar, el problema es que creo que estoy siendo muy impaciente con ello.
Al menos coincido cerca con la mayoría de la gente de mi clase de Utrecht del primer semestre, con lo que no vengo del todo solo. Aún así, este páramo silencioso y solitario llamado Skjoldhøjkollegiet deja, por ahora, muchas cosas que desear. Lo que me falta es la vidilla que tenía en Utrecht, la echo de menos, y espero que no tarde mucho en volver a aparecer. Mi compañero de apartamento es un tío de mi clase que, por mucho que ya le conozca y sea muy limpio y ordenado, tiene 40 años y, aunque sólo lleva dos días por aquí, a veces me da la sensación de que estoy viviendo con mi padre. Pobrecillo, no se merece esta crítica tan dura con lo buena persona que es y con el riquísimo plato de pasta que me preparó ayer, pero lamentablemente lo pienso así.
Esto es lo primero que puedo contar desde la fría e inhóspita Dinamarca, donde a las 5 de la tarde ya es de noche y donde las cosas se pagan con coronas en vez de con euros. No me aclaro con las monedas todavía, son muy liosas. Lo único que pido es que pongan una feria al lado para animar un poco la zona y que pueda conocer rápido a un grupo de gente (españoles o no) que no les importe salir de sus habitaciones y que te saluden con toda normalidad si te les cruzas por las calles del campus o en la escalera de tu bloque. Sólo pido eso, nada más.
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