viernes, 24 de febrero de 2012

Un finde en Copenhague

El pasado fin de semana visité una de las ciudades que estaban marcadas en rojo en mi calendario Erasmus y más aún estando en Dinamarca. La primera vez me ha encantado y espero volver más veces. Es una ciudad de un poco más de 1 millón de habitantes y bastante atractiva para visitar. Me quedo con la zona centro de la ciudad, perfectamente hecha para andar y patear sin parar. Es la mejor forma de conocerla y disfrutar de sus calles, su arquitectura, iglesias, catedrales, grandes edificios antiguos, las típicas calles empedradas clásicas europeas, etc.

Como suelo decir, el viernes por la mañana madrugué y, mochila a la espalda (en este caso literal), puse rumbo a Copenhague. El viaje de Aarhus fue menos pesado de lo que puede parecer. Está a 3 horas tanto en coche, tren o autobús. Como somos estudiantes y quisimos ahorrar, cogimos la tercera opción que era la más barata. La peculiaridad de coger el autobús es que el trayecto se divide en 3 partes. Te suben a un bus en la esatción de autobuses de Aarhus, te llevan al puerto (5 minutos de trayecto), te montan en un ferry una hora y después te montan en otro autobús para seguir dos horas por carretera. Todo esto porque Copenhague está en una isla. Como digo, puede parecer aparatoso tanto cambio y transbordo, pero tanto a la ida como a la vuelta no se me hizo nada pesado. De compañía tuve a bastante gente de las clases de televisión y fotoperiodismo del semestre internacional de mi facultad de Aarhus. Son buena gente y estuve bastante a gusto con ellos. El único problema fue que éramos bastantes y a veces costaba ponerse de acuerdo para los planes, qué queríamos hacer en el día, dónde comer,... Como digo, fue a veces, no siempre. Nos organizamos mejor de lo que pensé. Por las noches (tras salir de fiesta, se entiende) caíamos rotos del cansancio en el Generator Hostel, bastante bueno y moderno, mucho mejor que al que fui en Londres hace 2 años y medio ya.

Creo que el sitio que más me impresionó no fue ni el centro, ni la catedral, ni la famosa sirenita (sí, me hice la foto de rigor), sino el famoso (yo lo desconocía) distrito de Christiania. Es un pequeño barrio que está como gobernado por la gente que está ahí, ellos imponen sus propias reglas. ¿Y por qué? Pues porque ahí venden todo tipo de droga a cascoporro, como churros y sin esconderla. Hay puestos de mercadillos en los que muestran perfectamente las tabletas de cualquier tipo de sustancia que os podáis imaginar. La gente fuma también sus canutos (algunos, canutazos) como si no pasara nada. Es totalmente ilegal, pero aún así ellos lo siguen haciendo. Lo más curioso es que no te dejan hacer fotos ahí. Aún así, es un sitio totalmente pacífico y por el que se acercan muchos turistas. Sus únicas normas son: 1, no hagas fotos; 2, no corras porque crea pánico; 3, pásalo bien. Con esa filosofía de vida convive la gente en ese distrito, muchos al calor de hogueras improvisadas en bidones de gasolina vacíos.

Ya cansado, con las piernas molidas de tanto andar y deseando coger mi cama para dormir mil horas seguidas, volví a ponerme la mochila a la espalda para volver de vuelta a Aarhus. Espero volver pronto por Copenhague. Si tenéis la oportunidad de ir, creo que no os defraudará, merece la pena. Os dejo con unas pocas fotos del viaje.











jueves, 9 de febrero de 2012

La vara de medir las cosas

Hoy hace un mes que aterricé por Dinamarca y lo primero que he pensado al levantarme ha sido en lo rápido que se me ha pasado. Me parece que fue ayer cuando esperaba solo, sentado en una de mis dos maletas, con una bolsa y una mochila, junto a la cristalera de un McDonald's en la estación central de Copenhague intentando coger Wi-Fi, impaciente por que diesen las cinco menos diez para coger el tren que me llevase a Aarhus. También parece que fue ayer cuando me «rescataron» esos dos chicos daneses de esa lluviosa, fría y oscura estación de tren para llevarme a mi residencia. El día siguiente me llevaron a IKEA y el resto de la historia... ya la sabéis del anterior post.

Al llegar lo primero que hice fue valorar todo lo que iba viendo y descubirendo: el apartamento, la zona, la universidad, la gente, etc. Un mes después pienso que para ello utilcé un medidor oxidado y anticuado, un metro que se coló por error en la maleta cuando pensaba que lo había dejado en Madrid. Se quedaba muy corto para abarcar la dimensión que tiene asimilar la suerte que uno tiene de poder venirse hasta Dinamarca a estudiar un semestre, habiendo estado ya otro en Holanda. Todo esto se trata de saber con que vara medimos las cosas en un momento, y con qué otras las medimos en otro momento. Por suerte, rebuscando en mi maleta, vi que no se me había olvidado el artilugio correcto con el que poder valorar todo lo que me rodea por aquí.


Hace tres semanas, cuando hablé de mi ¿bienvenida? a Dinamarca, estaba convencido de que todo iría a mejor con el tiempo. Y así ha sucedido. El empezar las clases ha ayudado bastante para rellenar las horas muertas que había por la residencia. El que llegase toda la gente de la clase y fuesemos más para organizar planes, también. No he explorado la ciudad todavía muy a fondo, es difícil viviendo en un sitio que está un poco apartado de todo, pero ya vamos teniendo un mapa de buenos bares y pubs. Todavía quedan más por examinar, aunque me quedo con el «Friday Bar» de mi universidad, que se trata de un auténtico pub en plena facultad, abierto los viernes de 2 de la tarde a 11 de la noche. Cervezas a 20 coronas, buena música e inmejorable ambiente.

Así que, cogiendo la vara correcta de medir las cosas, no sólo he medido los centímetros de nieve que han caído últimamente ni hasta dónde han bajado los térmometros (porque hace un frío que pela), sino que está claro que todo por aquí ha ido a mejor y estoy seguro de que seguirá así. En Marzo voleremos a medir, convencido que mirando atrás desde mucho más alto.

(Intentaré escribir más entradas, si las clases, el otro blog y el frío me lo permiten y no me he quedado congelado por la calle antes).